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EXPEDICION DE SEMANA SANTA A PICACHOS


Exc. 026 - 2a Fuerza -18 a 21 de abril de 1943

                                             Abril 18-19-20-21 de 1943    (Acta 026)

RESEÑA DE LA EXPEDICION DE SEMANA SANTA A “PICACHOS” PLANEADA POR LA SECCIÓN DE EXPLORACIÓN INTEGRADA POR ANGEL Y FELIPE AYALA

Esta vez optamos Angel y yo por llevar de provisión comidas en lata, conservas, frutas y pan rebanado y sólo utensilios necesarios para el café a fin de ganar tiempo y aligerar nuestra carga.

El Dom. Abril 18, a las 23 horas pensábamos salir a nuestro destino, pero tuvimos que aplazarla para el día siguiente en vista de que ya no había salidas de autobuses a esas horas como habíamos creído.

Lun. Abril 19. A las 5:50 partimos en un autobús Frontera llegando a las 7:15 a cierta distancia de Las Raíces. Al mismo tiempo llegó al mismo lugar un chamaco con un caballo ensillado que iba a esperar a Julián, un compañero de trabajo de Ángel, precisamente quien iba a acompañarnos. Le pagamos al chamaco porque nos llevara nuestras cosas a El Nogal. Allí nos obsequiaron café habiendo desayunado para entonces con fruta en el camino. El chamaco regresó con el caballo para esperar a Julián que de seguro llegaría en el siguiente autobús. Juan, un pastor, nos llevó a San Juan, un ranchito propiedad de Don Casimiro que es también compañero de trabajo de Ángel. Ya para llegar, habiéndome quedado atrás, tropecé con una enorme víbora negra. Para ahuyentarla le arrojé una certera pedrada en el pescuezo. No creo que le hice daño.

Llegamos a eso de las 9. Fuimos bien recibidos. Allí se encontraban también de vacaciones dos jóvenes y guapas señoritas de ciudad, una de ellas compañera de Ángel. Les ayudamos un poco en sus menesteres. Como íbamos muertos de sueño nos proporcionaron cueros de oso y de venado para dormir un rato. Como a las 14:15 nos despertaron para comer. Nos dieron conejo en pipián, queso y leche fresca, miel de abejas y conservas. En la creencia de que Julián llegaría ese mismo día habíamos dejado en El Nogal parte de nuestro equipo, para que dicho compañero nos lo trajera en el caballo, En vista de que su dilación, Angel se encaminó a dicho lugar a traerlo mientras yo dormía otro rato. A medio camino tuvo Angel que regresarse pues supo que ya venían en camino los chamacos de El Nogal con nuestras cosas.

A eso de las 18:30, tras de agradecer a la familia por sus finezas partimos a Montelongo donde convergen los dos cañones. Bajo el portal de una rústica casita de pastores hicimos campamento. Merendamos pan con mayonesa y café, tomamos fotos de noche y pasamos la noche sin novedad, despertando al ruido de los pavos silvestres. Un dolor de cagbeza que me dio desde el domingo debido a la asoleada durante el desfile en honor del Presidente en ratos se me quitaba y me volvía. Por ser días festivos y por tanto trajín no nos fue posible surtirnos de botiquín.

Mar. Abril 20. Con informes vagos y sin guía partimos de Montelongo a las 8 con rumbo al Aserradero, con el fin de vernos con Leandro, un amigo conocedor de esas regiones. Como íbamos a la aventura y a ciegas equivocamos el rumbo introduciéndonos en un hermoso cañón, pero infernal. Por haber perdido la vereda caminamos por el rocalloso fondo. Cerca de las 12 comimos de lata y con flores de palma. Con miles de trabajos escalamos la peligrosa cima hasta encontrar la vereda. Por fin nos encajonamos en el final en que abundaban los pinos. Mientras yo descansaba Angel subió a buscar la salida. Una parvada de tejones mansos le salió al paso. Por poco coge uno con la mano, a no ser por una mordida que le dieron. No llevábamos carabina y si hubiera sabido hubiera retratado al grupo por lo menos.

Como la noche se venía encima nos regresamos haciendo campamento en un hermoso aguaje. Después de cenar flor de palma y de lata yo me acosté pues me dolía mucho la cabeza. Al rato Angel me despertó pues comenzó a llover. Nos metimos bajo una enorme piedra de donde fluía constantemente un riachuelo cantarín. Dejó de llover y pasamos la noche sin novedad.

Mier. Abr. 21. Habiendo desayunado se vino una fuerte tempestad. Era una tronería terrible. Ganas me daban de retratar un rayo. No nos mojamos nada. Cuando la lluvia se aplacó con dificultad salimos del cañón llegamos a Montelongo, comimos un poco y nos encaminamos de nuevo a San Juan. Rehusamos aceptar de comer. Julián ya había llegado. Dijo que por tener a su mamá enferma no le había sido posible venir el lunes. Les ayudamos en sus quehaceres correspondiendo en esa forma sus finezas. Ángel y yo optamos por pasar la noche fuera de la casa, en vista de la casa era de por sí reducida para la familia tan numerosa aparte de tanta visita. Angel y yo pasamos buen rato leyendo a la luz de la lámpara de carburo. En la mañana salió Angel en compañía de Julián a cazar. Angel logró varios conejos y un pavo, los que obsequió a la familia. No quisimos traer nada, en primer lugar por habernos declarado vegetarianos por ser semana santa y segundo por no traer carga en el camión. Después salimos, tras desayunar muy tarde a las montañas a tomar agritos. Juntamos buena cantidad de ellos para hacer dulce en casa. Julián no quiso retratarse. Él nos convidó de lonche fruta.

Mucho después del mediodía bajamos, preparamos nuestras cosas para el viaje de regreso y partimos antes de la puesta rumbo a El Nogal, para de allí coger el camión más próximo antes del anochecer. En el camino tomamos unas fotos. Perdimos la vereda y nos llevó mucho tiempo en encontrarla. En el Nogal retratamos a la familia con toda la chiquillada, sus marranos y sus gallinas, quedando las buenas gentes locas de gusto. Resultó de todo esto que a pesar de habernos sobrado comida, tanto en San Juan como en El Nogal nos llenaron de provisión, por consiguiente llevábamos el mismo peso de antes.

En el camino hacia la carretera vimos una enorme y horrible tarántula pollera. Por estar ya bastante oscuro la dejamos mal herida. Faltando una o dos cuadras para llegar a Las Raíces hicimos parada a un autobús. Como venía con poco cupo nos levantó. A medio Mamulique comenzó a fallar de una manera alarmante. Los pasajeros asustados creían que se estaba quemando. Nosotros le ofrecimos al conductor el agua de nuestra cantimplora y Angel les fue a ayudar a componer la máquina. De algo les ha de haber servido el agua, pues marchaba un poco mejor. Con una hora de retraso llegamos a la ciudad, guardamos las chivas y nos fuimos a un restorán a tomar un café. El dolor de cabeza se me quitó quien sabe cómo.

Felipe Ayala

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Las áreas silvestres constituyen un ancla a barlovento. Al saber que están allí, podemos también saber que somos una nación rica, cuidando de nuestros recursos en la forma debida, y no un pueblo desesperado que busca en cualquier grieta y rincón de nuestra tierra un tablón de madera, un barril de petróleo, una hoja de hierba, o un tanque de agua.

• Clinton P. Anderson

Senador por Nuevo México